"Mi canto al Pijol" de Rubén Bermúdez Meza.
¿Una geografía poética?
Miguel Rodríguez A.
Rubén Bermúdez Meza nació en Juticalpa en 1891. Hijo de
matrimonio legítimo y era hermano de Néstor y Antonio. De acomodada familia
olanchana, fue a estudiar al Mass Inst. of Technology, Boston. Al parecer
bastante joven regresó del extranjero y en 1916 contrajo nupcias con doña Graciela Bográn. En 1927 lo ubicamos en segundas nupcias con Hada María
Navas en Juticalpa. En algún momento de su historia Rubén se asentaría en San
Pedro Sula, ciudad que lo avecindo, como a muchos miles de hondureños llegados
del interior y en donde participaría en interesantes acontecimientos concernientes
a la sociedad local y nacional.
Rubén Bermúdez fue parte de los ingenieros o profesionales hondureños formados en Estados Unidos e instalados a inicios del siglo XX en el Valle de Sula, lugar de importantes oportunidades a profesionales de la ingeniería o la arquitectura, en donde dejarían importantes obras por el progreso de la región.
Este ingeniero pronto se vería relacionado la política local primero, siendo alcalde de la ciudad de San Pedro, hacia 1921, y de otros años y después como diputado, representante de Cortés en el Congreso de Tegucigalpa hacia 1920´s. Entre estos acontecimientos fue el encargado de los trabajos del puente construido sobre el rio Ulúa en La Pimienta, 1914 y como alcalde, reordenó la ciudad - digamos- construyendo el boulevard 1921 o la avenida Central que cruzaba la ciudad de Oeste a Este en el año del centenario de la independencia de Honduras. Construyó su casa, de aspecto señorial y moderno en el mencionado boulevard y el Mercado Municipal inaugurado en 1929, gracias a su gestión, como alcalde vía préstamo con el Banco de Honduras.
A nivel nacional está detrás del contrato de Anticresis, en
donde el Estado de Honduras le concede los derechos de explotación del
Ferrocarril Nacional a la Cuyamel Fruit Company en 1919, siendo su primer
superintendente, tiempo en que la empresa se recuperó del estado calamitoso en que
se encontraba; la dinamizo en ciertas medidas pero que al final hacia 1950
todavía los caminos de hierro no se extendían más allá de Potrerillos en el
extremo sur del Valle.
Este autor dejó un interesante libro de anotaciones al
respeto titulado “El drama del Ferrocarril Nacional de los Hondureños” (1928)
en donde compilo ciertas visiones sobre el tema, del cual fue parte de los hechos
históricos desde 1919 y cuando fue su Interventor General en 1924. En 1930 Propaganda
Pro-Honduras, el principal libro sobre el país, editado en Cuba, reseñaba su
vida como uno de los principales profesionales de la ingeniería de Honduras.
También fue periodista, orador y poeta de “legitima prosaica”. Murió en 1930 y pocos años después por una referencia escrita de su hermano Antonio quien era un prominente personaje de la época, diplomático y escritor, reseñó
poéticamente su vida, publicada en Diario Comercial en uno de sus sábados literarios. Este Diario fue el periódico más importante de la época y editado en San
Pedro Sula. Una completa exaltación biográfica publicada en 1938:
“Gran señor, opulento y magnifico, que supiste encontrar en
tu vida, luminosa como un relámpago, el múltiple resorte del éxito, vengo a
visitar tu alcázar de inmortal, en donde las primaveras hacen derroche de
rosas, y en cuyos rincones sagrados se arrodillan, en ocasión, como un mudo
simbolismo, las figuras egregias del éxtasis, el aplauso, la admiración y el
triunfo…”[1]
Su hermano también merece especial atención biográfica. Por cuanto
su obra literaria y diplomática. Cuando se
inauguró el primer puente de hierro sobre el rio Ulúa en 1914 fue parte orador de
aquel acontecimiento donde acompaño a su hermano y pronunció un elocuente discurso,
de esos liberales y en exaltación al progreso.
Quizá por su talento como profesional de la ingeniería y
conocedor de Honduras, según vemos, por cuanto el poema de su autoría que están
a punto de leer, Rubén es un hondureño que puede decirnos mucho del pasado y de
esta sociedad. Su vida inmersa en el Valle de Sula y en San Pedro Sula, ciudad
donde descansan sus restos.
En este poema intenta interpretar la inmensa floresta y geografía
hondureña observando, quizás por sus afanes propios las más inmensas montañas
que se levantan en el norte de Honduras, Pijol, una impenetrable región
montañosa y hábitat natural de muchas especies y en algunos momentos de la
historia, lugar a donde huían hordas indígenas contrarias al poder al estilo occidental
desde la época de la conquista.
"Mi canto al Pijol"[2] es pues un relato sobre un lugar, al estilo poético del autor. Quizá una geografía poética donde se relata un espacio, una unidad geográfica que para la época de publicación todavía mantenía los mismos caracteres naturales y culturales milenarios. El autor buscó interpretarlo en la inmensidad de la selva hondureña, aquella misma a la que se enfrentaba en su oficio, desafiante. Pompilio Ortega observó hacia 1950 que en las profundidades de la montaña misma aparecen seres fantásticos. Su inmensidad cautiva desde la lontananza y en su extremo norte, el camino Real hacia Yoro, se levanta el antiguo pueblo de Cataguana políticamente conocido como Morazán.
Este poema evidencia cierta visión sobre el progreso, al describir una geografía y como esta puede ser determinada por la intervención humana. Entonces describe una visión sobre el desarrollo nacional, al parecer, eje del drama cotidiano hondureño.
Montaña que te yergues, hostil, hacia el Eterno,
como un gesto rebelde de la paz de los llanos,
como un puño cerrado que asoma del Infierno,
que, al secreto conjuro de designios arcanos,
hubiese en roca ahogado su ademán de protesta
cabe al asombro mudo de la inmensa floresta.
En tu testa eminente trajinan las panteras
rasgando las cortinas de las enredaderas
que, adornando la flora milenaria de lo alto
parece que incorporan en tu verde espesura
la visión espantosa de un dormido basalto
reventando en salvajes melenas de locura!
¿Qué fuiste en el incógnito silencio del pasado?
¿Qué ha escrito entre tus huesos de agrietados vestigios
con rasgos sibilinos que el tiempo no ha borrado
la sigilosa pátina del curso de los siglos?
¿Qué intentan los metales dormidos en tu entraña?
¿Qué sientes bajo el grato calor de la cabaña
que ilumina tus faldas de un tenue resplandor?
¿Qué piensas si en tus frondas se desdobla un amor?
Y en los roncos augurios de tus voces internas
conque dicen sus credos tus obscuras cavernas,
¿por qué dictas del tiempo la mudanza secreta
al hombre, con su extraña sapiencia de profeta?
Cuando tiendes tu sombra, como un manto, en el llano,
protegiendo la vida somnolienta del bruto,
o el milagro de alquimia que crepita en el fruto,
o el misterio inquietante de la paz del pantano;
si presentas tu mole penumbrosa y bravía,
y entretienes la marcha presurosa del día,
cuando ordenas al rayo que recorra otra senda,
cuando impones al agua que prosiga un camino
por el flanco agrietado de tu mole estupenda,
parecieras la pétrea concresión del Destino!
Entonces tienes algo señorial y paterno,
algo que nos aparta del egoísmo eterno,
algo como ese gesto severo en que los viejos
disfrazan la ternura de sus nobles consejos!
Pijol, montaña enorme, cuya imponencia arredra,
rostro ciego que asomas sobre todos los montes,
ambulando en el aire con tus alas de piedra
como husmeando misterios entre los horizontes;
taciturno atalaya que, en medio del camino,
con tus cuencas obscuras, dolorosas, vacías,
parece que interrogas los giros del Destino
escondido en los pliegues de vastas lejanías:
Pijol, del alma inquietada por obscuros tormentos
mole negra que, a fuerza de pensar en sí misma,
al sentir sus cabellos mesados por los vientos
repercute en retumbos la idea en que se abisma.
¡Que tus pupilas brillen con fuego en las alturas:
dictanos en retumbos la gigante sentencia
de la paz y el progreso sobre el suelo de Honduras,
que da vida a las patrias, y a los hombres conciencia!
Rubén Bermúdez M.

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