Un viajero norteamericano en 1898 narró:
San Pedro Sula en el siglo XIX. Cortesía Re. H Colectivo.
#Fragmentos Históricos
"...San Pedro Sula se asienta en un territorio bastante despoblado y es un lugar muy tranquilo, la región la constituye un valle soleado que está al pie de una grandes montañas.
Desde los corredores superiores de nuestro hotel, que por cierto, fue construido durante la época cuando se esperaba que el ferrocarril pasara a través de esta franja del continente. Desde este lugar tan privilegiado podíamos divisar encima de las palmas que se erigía desde los jardines circundantes, así extasiados observamos como las nubes se balanceaban armónicamente encima de cada una de la cadena de montañas circundantes, a veces, ya por encima de la ciudad, todas la nubes se percibían estacionarias, como si fuesen una mera acumulación de nieve bifurcando en medio de los huecos de la cordillera. Solíamos sentarnos por horas en el corredor del hotel, con un total y absoluto ocio, observando con lastima a Jeffs quien entraba salía siempre con mucha prisa, mientras nosotros abstraídos escuchábamos, por efecto de viento, las palmas crujiendo y susurrando, mientras se iban inclinando cortésmente ante nuestra presencia. Así podemos observar extasiados el brillo del sol posándose sobre las montañas a efecto de un manto verde claro, asemejándose a musgo seco, pero en ciertos momentos, cuando una nube se interponía entre el sol y la cordillera, el radiante astro dejaba la mitad de las montañas en penumbra mostrando oscuras y sombrías las serranías. El lugar donde pernoctamos era pequeño pero muy limpio y en verdad algo inútil, enclavado cerca de un lugar con un sinnúmero de chozas hechas de barro y en cuyos patios traseros estaban los jardines repletos de bananeras cuyas hojas sobresalían entre otros grandes árboles en cuyas ramas formaban una masa floral carmesí. En el centro del pueblo había una plaza, lugar donde crecía la hierba, y que en ese momento servía de alfombra para los pies descalzos de un grupo de jóvenes soldados, quienes lucían una vestimenta harapienta, así iban realizando una lenta evolución marcial, mientras las mulas y vacas los observaban con actitud parsimoniosa desde el otro extremo del terreno..."
Fuente: América Central en la mirada extranjera: Exploradores y viajeros entre 1845-1898. (2016. p. 85-86).

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